24 sept. 2009

Democracia imperialista y chupitos helados

Luces, cámaras y acción; mucha cafeína y venga, a repartir democracias por el mundo.

Más que un ejemplo a seguir o algo de lo que enorgullecerse, la democracia imperialista de nuestros tiempos se ha convertido en ese tío malo que repartía caramelos con droga en la puerta del colegio, al que, por supuesto, hay que temer.

Coloca ginebra, whisky y vodka en una coctelera, la que sea y al precio que sea. Agita y agita, vuelta y vuelta, y vuelta a agitar. Siempre que agites bien y con idea, te va a salir un buen cóctel. Que está muy caliente, no pasa nada, llamas a tus colegas esos que trabajan con las cámaras, micros y estilográficas; que tienen una máquina de hacer cubitos de hielo como témpanos del polo. Que se acaba el chorro, pues “a por otra coctelera”, la que sea y al precio que sea. Que somos muchos los que queremos beber, pues nada, más cocteleras.

Pero siempre está ese colega que no bebe (agua), que va viendo como progresivamente se van cogiendo una cogorza enorme los demás, a base de cocteleras y cocteleras. Éste, que por supuesto no hace nada para evitarlo... “no se vayan a mosquear”, se mantiene como un simple espectador de la fiesta sin hacer nada al respecto, simplemente esperando a lo inevitable. Bueno, nada nada... algo hace. Se dedica a pavonearse de su integridad al día siguiente frente a los demás colegas que no estuvieron en la fiesta, y a tachar de “borrachos” e “impresentables”, “delincuentes” tal vez, o quizás incluso de que “ya no son tus amigos”. A los mismos que horas antes les reía las putas gracias de borrachuzos degenerados, les invitaba a otro chupito, les daba palmaditas en la espalda y, si le dejaban, contaba algunas hazañas y batallitas para “sentirse alguien en un grupo de nadies”.

¡ Corre, corre! ¡Que está aquí el tío de la democracia! y cuidado no te vaya a vender algo, ¡que sale caro!

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